Si estás en Venezuela, hay varios elementos clave que deben ser considerados con atención en el contexto actual.
El chavismo acaba de recibir uno de los golpes más significativos desde que logró perpetuarse en el poder. La salida de su figura política de mayor peso representa, sin lugar a dudas, una disminución sustancial de su capacidad de cohesión y control. Este hecho no solo debilita al régimen hacia afuera, sino que altera profundamente su equilibrio interno.
No obstante, es importante comprender que Maduro también funcionaba como un eje de “unidad” entre las distintas corrientes del chavismo. Su ausencia profundiza las tensiones internas y acelera la fragmentación del régimen, una fragmentación que, al estar mediada por el miedo y la incertidumbre, puede derivar en comportamientos más erráticos y potencialmente más peligrosos. En este escenario, la prudencia resulta fundamental: mantener la calma y extremar el cuidado, especialmente en el uso y difusión de información en redes sociales, es una recomendación estratégica, no solo personal.
En el más reciente pronunciamiento de Delcy Rodríguez se evidenció que el proceso de transición ha comenzado a delinearse, lo cual constituye una señal positiva dentro de un contexto complejo. Este mensaje se produjo después de que la administración Trump dejara clara su posición respecto a quién detenta el control real del proceso. Resulta relevante destacar que dicha afirmación no fue desmentida ni enfrentada de manera contundente por la dictadura en su respuesta, lo que sugiere una aceptación tácita del nuevo equilibrio de fuerzas.
Desde una perspectiva teórica, los estudios clásicos sobre transiciones políticas particularmente los de Guillermo O’Donnell, Philippe Schmitter y Laurence Whitehead, así como los aportes de Juan Linz, ampliamente citados por la academia venezolana coinciden en un punto central: la coalición dominante suele formar parte, de una u otra manera, del proceso de transición. Bajo esta lógica, el reconocimiento de la administración Trump a la figura de Delcy Rodríguez no resulta una anomalía, sino una decisión coherente con los patrones observados en otros procesos similares.
En este mismo marco, no sorprende que la líder opositora María Corina Machado no figure entre los nombres más mencionados para integrar esta fase inicial. Esto no implica una desvalorización de su liderazgo ni de su capital político. Por el contrario, puede interpretarse como una estrategia orientada a preservar su figura para una etapa posterior, en la que exista un orden político más consolidado y mayores garantías institucionales para ejercer un liderazgo transformador.
Respecto a la duración del proceso, lo más razonable es asumir que será de carácter indefinido, aunque no necesariamente prolongado. Intentar acotarlo a plazos concretos horas, días o meses sería arriesgado incluso para los analistas más experimentados. La evolución dependerá de múltiples variables, entre ellas la pugna interna dentro del chavismo, que hasta hoy sigue siendo opaca y difícil de descifrar, así como la presión política que enfrenta Trump tanto a nivel internacional como en el Congreso estadounidense.
Si algo puede afirmarse con certeza en este momento es que el proceso ha alcanzado un punto de no retorno. La familia venezolana tiene razones objetivas para sentir alivio, porque más allá de las formas que para algunos continúan siendo debatibles resulta innegable que los acontecimientos actuales nos acercan de manera tangible a la recuperación de la libertad y la institucionalidad en Venezuela.
Ludwig A. Piñero P.
Consultor