Alberto News – Caracas, 23 de Febrero del 2026. En la casa de Juan Pablo Guanipa en Maracaibo un hombre de pequeña estatura, con ese humor que los venezolanos han afilado para sobrevivir, nos recibe pasadas las nueve de la noche. Los policías fueron a darle la libertad plena hace apenas unas horas, pero antes tuvieron que resolver un problema inesperado: no sabían cómo quitarle el grillete de geolocalización. Guanipa ríe al recordarlo, entre divertido e incrédulo ante la incompetencia de quienes lo vigilaban.
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Es el tipo de anécdota que, en su aparente trivialidad, revela la esencia de un hombre: comunicador social, viudo, padre de cinco hijos y un dirigente político que acaba de pasar más de ocho meses en una celda de metro y medio en una sede de la Policía Nacional en Caracas, acusado de liderar un complot terrorista que él ha negado categóricamente.
A sus 61 años, Guanipa lleva 27 en la lucha política. En 2017, ganó la gobernación del estado Zulia, pero fue despojado del cargo por negarse a juramentarse ante la oficialista Asamblea Nacional Constituyente, un órgano que calificaba de ilegal. En 2024, acompañó activamente a la opositora María Corina Machado en la campaña de Edmundo González. Sin embargo, nada de su larga trayectoria lo había preparado para lo que vivió después del 28 de julio.
-¿Cómo se encuentra después de todo esto?-Yo me siento bien, físicamente, espiritualmente, emocionalmente, sin ningún inconveniente. Creo que la cárcel siempre tiene que dejarte algo positivo.
Tienes que tratar de sacar de la cárcel lo positivo que te permita aprender más y seguir adelante.Pero lo que emana de sus palabras no es el relato de alguien que ha hecho las paces con su cautiverio.
Fue liberado el 8 de febrero, en medio de un proceso de excarcelaciones anunciado en enero pasado por el Gobierno. Horas después, grupos que él identifica como «colectivos» lo recapturaron.
«Eran delincuentes, indudablemente, con franelillas y con una actitud absolutamente violenta», recuerda. Lo llevaron nuevamente a su lugar de reclusión.
Finalmente, tras negarse a aceptar un arresto domiciliario en la capital, logró que lo trasladaran a su casa en Maracaibo.
Lo que más le duele, insiste, no es lo que le pasó a él. Durante meses, estuvo solo, sin poder recibir visitas. Su hijo mayor no pudo verlo hasta más de un mes y medio después de su detención. Sus otros cuatro hijos lo visitaron apenas una semana antes de su liberación. «Me duele que mis hijos se quedaran solos», dice, y su voz cambia. «Ellos no tenían culpa de nada. Fueron meses muy difíciles para ellos, para toda mi familia. Eso es lo que realmente me parte el corazón».
Las primeras tres semanas fueron las peores. No había cama, solo una colchoneta de una pulgada de grosor. El baño era un hueco en el suelo con un balde. «No me bañé ni me cambié de ropa durante tres semanas», dice, y su rostro se ensombrece al describir el olor a humedad y excremento que lo impregnaba todo.Desaparición forzosa